Sexualidad entre adolescentes, una asignatura pendiente

 ¿Por qué las mujeres tendemos a ocultar nuestra menstruación? ¿Por qué las niñas o adolescentes viven su primera menstruación con miedo o vergüenza? ¿Por qué recae sobre nosotras la responsabilidad de usar métodos anticonceptivos y la culpa por no hacerlo? Las respuestas a estas preguntas apuntan todas en la misma dirección: vivimos en una sociedad patriarcal, pensada y organizada por y para hombres, en la que todo aquello que tiene que ver con las necesidades de las mujeres tiende a ser ignorado, invisibilizado, infravalorado y despreciado. La menstruación, como era de esperar, no se libra de todo esto. Son de sobra conocidos los infinitos mitos y tabús acerca de la menstruación que están presentes en todas las sociedades, pero no me voy a centrar en esta cuestión.

Voy a cumplir treinta años y mi primera regla me bajó con doce, el primer día de curso cuando empezaba en un colegio nuevo, me asusté y pasé todo el día preocupada por si podía manchar el pantalón y que mis compañeras y compañeros pudieran darse cuenta. Recuerdo que era algo común preguntarnos unas a otras si nos habíamos manchado, también que los niños se rieran de nosotras si se enteraban de que teníamos la regla. Durante la adolescencia comenzaron las primeras relaciones afectivas y encuentros sexuales y con ellos los miedos y las dudas. No recuerdo participar en el instituto en ninguna actividad sobre salud afectivo sexual, más allá de información sobre el uso de preservativos. Dado que mis reglas eran  muy dolorosas e irregulares, alguna amiga me comentó que podía tomar la píldora anticonceptiva, que te regulaba la regla y hacía que no fuera tan dolorosa. Por mi cuenta, busqué información y acudí a un centro de planificación familiar, donde me facilitaron algo más de información, y finalmente me decidí por utilizar el método del anillo porque la liberación hormonal era de forma prolongada y tenía menos efectos secundarios. Utilicé este método durante 4 años aproximadamente, en ningún momento me hicieron ningún tipo de prueba médica para ver qué método era el más adecuado para mi o si podría suponer algún riesgo para mi salud, tampoco me planteé qué suponía el uso de hormonas para mi cuerpo. Poco después me cambié al formato pastilla, que abandoné a los tres meses debido a los efectos secundarios que padecí: dolores horribles de cabeza casi a diario, cambios de humor, subida de peso, ansiedad y falta de apetito sexual. Decidí dejar los métodos anticonceptivos hormonales de manera inmediata, pero pasaban los meses y mi ciclo menstrual seguía siendo irregular, entonces acudí de nuevo al centro de planificación familiar. Allí me atendió una sexóloga encantadora que me explicó un montón de cosas que no sabía porque nadie me había explicado antes, entre ellas que el ciclo menstrual no dura 28 días en todas las mujeres, puede durar 26 o 32, y lo que hace que sea regular es que siempre dure lo mismo, es bastante simple, pero yo no lo sabia… También me explico cómo funcionan los métodos anticonceptivos hormonales, que son anovulatorios, es decir, impiden que los ovarios produzcan óvulos; esto es algo que, sin tener muchos conocimientos de medicina, dudo sea muy saludable para nuestro cuerpo pues está interrumpiendo y modificando el proceso natural del mismo. Tardé cerca de un año en volver a tener un ciclo menstrual normal y, por supuesto, nunca he vuelto a utilizar este tipo de métodos anticonceptivos.

Actualmente, tengo debates con mis amigas sobre estas cuestiones, pues ahora que tenemos esta información, podemos compartirla y debatirla entre nosotras, teniendo una mayor libertad para decidir sobre qué queremos hacer con nuestros cuerpos en este sentido. Sin embargo, creo que la situación no ha cambiado para mujeres más jóvenes, pues por mi experiencia trabajando con adolescentes, veo que tienen las mismas dudas que yo tenía con su edad. Y esta falta de información se traduce en conductas sexoafectivas de riesgo entre la población adolescente, como confundir los métodos anticonceptivos hormonales con la píldora del día después, no utilizar preservativo bajo la excusa de que a él le aprieta y no se siente lo mismo, o el uso de anticonceptivos hormonales (sin ningún tipo re prueba medica, por supuesto) sin tener en cuenta que estos no protegen de enfermedades de transmisión sexual, por mencionar alguno de los casos reales que me he encontrado en el último año.

Creo que tenemos una asignatura pendiente en lo relativo a la salud sexual y reproductiva entre la población más joven, no podemos esperar a que lleguen a la edad adulta para que descubran por sí mismas una información que se les tendría que estar facilitando desde el momento en que empiezan a tener relaciones sexoafectivas, sino antes. No podemos esperar a que tengan un embarazo no deseado, a que se contagien de clamidias o de VIH por no usar preservativos porque ya están tomando la píldora. No podemos consentir que las mujeres sigan hormonándose de manera sistemática cuando nosotras somos fértiles dos o tres días al mes cuando ellos lo son 365 días al año. Es urgente y necesario hacer de la educación afectivo sexual una asignatura obligatoria en el sistema educativo, impartiendo charlas y talleres en los institutos de todo el Estado y creando espacios de debate y reflexión donde la población adolescente pueda acudir sin miedo para resolver sus dudas y puedan relacionarse de una manera más libre y, sobre todo, más sana.


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